lunes, 2 de julio de 2007

Cánida


Cuando murió mi primer perro
(demasiadas moscas y nada de sangre)
lo plantamos al costado de una casa en ruinas
lejos del ojo sumergido
de mi madre y hermanos.

Poco antes
vagaba sordo y distraído
(mi perro aquel)
buscando su consuelo en el lodo
bajo la fronda de una higuera
sin aullidos
cubierto de una paciencia
parecida al polvo gris que se desprende
de los muros
o las palabras que la memoria desgasta.

Lo descubrí por la mañana
y el acento del frío
dejó su cuerpo como una piedra
que me quedé mirando
largo rato.

Recuerdo haber pensado
en gusanos
los injustos olores que predicen la ceniza
gallinas degolladas por mi abuela
el temor de perder casi cualquier cosa
las horas en las que todo es un limpio silencio
y Dios contempla.

Ahora
(después de todo eso)
aunque la luz quiera ser otra
hay una mancha
impresa en el cuerpo de los días
que no puedo nombrar
un viejo tatuaje
que insiste sin escándalo
y recobra
las heridas que brillan en la causa inútil.

Su mirada
(la de mi perro aquel)
era un hielo blanqueado por la ceguera
y en su gesto los dientes
asomaban como una frase tímida y amarilla…
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(Este poema forma parte de un libro en espera de publicación y, más allá de lo anecdótico, queda también como pequeño homenaje a más de un poeta y muchos amigos)