jueves, 13 de septiembre de 2007

Simpatía

Los hombres no saben por qué les satisfacen las obras de arte. No son verdaderamente entendidos, y creen descubrir innumerables excelencias en una obra, para justificar su admiración por ella, cuando el fundamento íntimo de su aplauso es un sentimiento imponderable que se llama simpatía.

Thomas Mann
La muerte en Venecia (1912)

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Cita de cabecera...

[El] acto poético es el empeño total del ser para su revelación. Este fuego de conocimiento que es también fuego de amor, en que el poeta se exalta y consume, es su moral. Y no hay otra.

Eugénio de Andrade
Os afluentes do silêncio (1968)

martes, 11 de septiembre de 2007

Bien

Intuyo que el sol
sigue diciendo a la sangre
secretos antiguos
y deja una cosquilla trágica
en el agua estancada.

El mundo
bajo la incómoda cubierta
de lo que escucho
y nombro
a ciegas
en la discreta permanencia
del dolor.

Todo está bien
si las palabras permanecen lejos
de lo que toca la luz
o suena
para no ser comprendido.

Cuando nada traiciona
la irreparable bondad de unos labios cerrados.

(Este poema forma parte de un libro en proceso, agradecería a mis cinco caros lectores me comenten algo acerca de él, lo necesito. Vía mail, claro. Hagamos algo por el textito ¿sí? Gracias de nuevo, millones...)

lunes, 10 de septiembre de 2007

Tiempos que corren (hacia atrás)

Hace años, el poeta Homero Aridjis, en cierto programa de televisión, fue cuestionado sobre aquellos escritores de su generación (o menores –en edad–) que suele leer. Su respuesta fue sencilla y contundente: “veo a muchos escritores que conozco demasiado preocupados por promover su carrera, por ser escritores antes de preocuparse por lo que escriben, por construir una obra”. Añadió que algunos de los mayores poetas del siglo anterior fueron personas que figuraron poco o nada en sus parnasos locales mientras vivieron y que ello en nada aminora su estatura patente de poetas (vale citar aquí a Pessoa, Cavafis o Gombrowicz).
---Quizá el foro no haya sido el adecuado (sepa Dios cuál lo sea), pero me parece que lo dicho no falta a la verdad. Cualquier estantería de libros en este país (o cualquier otro, supongo) consigna la tajante fatalidad de la pasada afirmación: las editoriales nacionales o internacionales exhiben títulos de actualidad y convencen a cualquiera de que la promoción es más válida que la buena escritura. Pero eso no es todo, también modifican el carácter de muchos lectores que, buenamente, olvidan o pasan por alto una tradición que funda lo que consumen, se quiera o no. Aunque las cifras sean siempre pobres (en evidencia y significado), algunos parecen contentarse con el hecho de pactar sus apariciones en medios impresos o coparlos gracias a la magia del contrato editorial y el rótulo que ampara un número de copias editadas.
---Algo va a costarnos esta tendencia ominosa que afecta el ejercicio de la mayor parte de los escritores que, hoy por hoy, integran la dieta del lector de obras literarias. Las opiniones de estos nuevos estrellas de la narración, el ensayo, la crónica o la poesía, pueden parecernos sensatas o coherentes, no así sus actitudes. Bueno que conserven el caparazón adusto de quien sobrevive sin mayores alcances de mirada. Malo que no les interese lo que ciertamente les incumbe. Penoso que nos lleven a un baile que sólo pobrezas anuncia, que apenas cenizas promete.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Viejo reporte de clima

Cuando era niño, el clima religioso de mi casa tenía una doble pesadez casi divertida. Por una parte, como herencia de una larga tradición, mi madre mantuvo muchos años un régimen de resignada aceptación de los (que ella suponía) designios divinos; imaginaba la mano del Señor como la ejecutora de una justicia incuestionable cuyos signos eran el dolor y una silenciosa (pero visible) vergüenza de sí.
---Mi madre resulta impositiva y radical la mayor parte del tiempo. Mi niñez se tiñó con los tonos amargos de la misa obligada de los domingos y los primeros viernes de cada mes, a eso deben sumarse las constantes visitas “extra” al templo: novenarios, primeras comuniones, bodas, oficios de cuerpo presente (no sólo de familiares), bautizos, confirmaciones y demás pretextos.
---El camino al cielo, según mi madre, estaba sembrado de espinas pero había que apechugar, morderse uno y la mitad del otro porque no había salida. Dibujó para sus hijos la imagen de un Dios omnipotente pero muy poco amoroso, un ser demasiado listo y sin piedad pero que (curiosamente) siempre tenía razón. El ojo múltiple de la Divina Trinidad nada pasaba por alto y el libre albedrío era una trágica broma de buena voluntad pero deplorable gusto.
---Mi padre, en otra frecuencia, vive reclamando al destino; y aunque su fe llega al histrionismo risible, es auténtica. Su diferencia con respecto a mi madre es formativa, huérfano desde los siete y sin mucha educación formal, tomó la senda del autodidacta retobado que, al final, lo condujo a las filas de la masonería local (tan dada a comer curas a discreción y suponerse poseedora de verdades trascendentes).
---Para su bien, mi padre está (ha estado siempre) loco. No importa cuán ridículas y contradictorias fueran sus conclusiones en el ámbito de la moral, su firmeza de carácter y algunos instrumentos caseros de tortura sostuvieron siempre su ceguera de juicio. Con todo eso, poseyó una clase de honradez que, a pesar de sus desastrosas consecuencias económicas, marcó la conducta de sus hijos y lo salvó del aborrecimiento total.
---La combinación no pudo ser más curiosa; si mi madre insistía demasiado sólo teníamos que denunciarla con mi padre y este nos dispensaba de algunas ceremonias sólo para imponerse sobre ella. Resistir era imposible cuando ambos estaban de acuerdo, por eso, la única manera de evadir la asistencia a misa era la provocación o, ya de plano, el terrorismo herético a baja escala (hace pocos años, confesé esto último a mi progenitora y descargó su furia arrojándome un cenicero).
---Así las cosas, estoy seguro de que mis padres hicieron lo mejor que podían, lo que creyeron era lo justo, lo indicado de acuerdo con lo que creen. Por mi parte, después de la adolescencia, he pasado por múltiples etapas en las que he mirado la figura de Dios de distintos modos y desde variados puntos de vista; comprendo cada vez menos, cierto, pero dejó de mortificarme ya la presencia de su idea (grave y felizmente real, para mí). Vivo, por supuesto, sumergido en sencillas dudas pero puedo reírme todavía y tratar de pasarla lo menos mal posible al amparo de aquello que he conseguido creer.
---Nuestra ridícula medida puede insinuar muchos significados para la inacción y mudez habitual del Señor, de acuerdo, aunque mi posición es la de no esperar sino eso precisamente, su silencio inconmovible. Dios es, tal vez, la palabra más cargada de inmanencia que puedo imaginar (¿seré judío?) y existir o no es cosa que, seguramente, le tiene sin cuidado.
---Según mi madre, nada me salva del infierno; según mi padre, Dios vive equivocado para con él pero conmigo ejercita su justicia con precisión. ¿Consecuencia? Somos un trío miserable (y eso, según él, prueba lo que dice).
---Lo único que buenamente supongo (la verdad, estoy seguro) es que Dios debe estar riendo de buena gana mientras mira cómo escribo estas líneas y recuerda que ya sabía lo que yo iba a anotar.

lunes, 3 de septiembre de 2007

Inocentada, tal vez...

Puede que, si todo sigue como hasta hoy, el libro como objeto (hecho de papel, goma e impreso con tinta) desaparezca y deje tras de sí una evidencia material desconcertante para quienes contemplen ese momento. Puede también, ojalá, que no esté yo entre esa turba desafortunada de espectadores. Me parece que no veré ese triste día porque mi plan es defender el libro de sus detractores, concientes o no.
---Quienes combaten, con conocimiento de causa o sin él, el libro como objeto no ignoran muchas veces que ha sido el vehículo transmisor de cultura por excelencia, más bien su ofensiva se basa en la defensa de un progreso tecnológico (o una idea de lo que es) que, bajo el argumento de facilitar el acceso a la información, privilegia el desarrollo del medio sin tomar en cuenta algunas consecuencias claras de eso.
---Si bien es cierto que jamás antes se tuvo la posibilidad (creciente) actual de contener o almacenar datos, la naturaleza del medio nos aleja cada vez más de una probable capacidad discriminadora sobre esos mismos datos. En palabras de Franco Ferrarotti: “tendremos mucha información de la cual no comprenderemos nada”. Mientras la televisión sufre de un progresivo empobrecimiento de contenidos, la red informática mundial lesiona gravemente la (ya demediada) lectura como actividad y proceso. Del mismo modo, los cambios culturales que se gestan actualmente sólo parecen indicar que, dentro de algún tiempo (imposible determinar cuánto), este mundo se hallará más dividido y polarizado que nunca.
---Desde los resultados lamentables (en términos de desarrollo humano) del capitalismo tardío hasta barbaridades como la “ingeniería del alma” del llamado socialismo real, el progreso tecnológico ha dado muestra del tamaño del peligro que puede enfrentar quien queda fuera de él o simplemente no lo concibe como centro de fe. Si a esto se suma la incapacidad y falta de visión prospectiva de las religiones, entonces cualquier esperanza para el espíritu o la voluntad solidaria sin interés (por no mencionar el amor, que a tantos suena como ridículo o desfasado) está perdida.
---No es mi intención parecer pesimista pero no veo otro modo de interpretar el panorama que se vislumbra, dadas las condiciones actuales. A los jóvenes de hoy el libro les parece una antigualla que no merece la pena y la educación formal ha fracasado en su intento (inocente) de promover la lectura o el “consumo” crítico de bienes culturales. Nuestras dependencias han cambiado, nuestro sentido de la realidad circundante (y nuestro juicio sobre ella) es de una llaneza deprimente (sobre todo si se compara con el de un lector promedio de mediados del siglo XIX, con la serie de injusticias que acarrea tal comparación), nuestros intereses son mezquinos o triviales, nuestra capacidad léxica es risible y la referencia de nuestras emociones es pobre hasta el ridículo. Y eso que evado con toda intención hablar de nuestro sentido de moral y de ética, no sea que acabemos en llanto.
---Nadie puede oponerse a cambios de esta naturaleza, cierto, pero si el libro y su lectura ayudaron siempre a contravenir de modo mínimo algunos aspectos de nuestra patética evolución como especie, es un hecho que eso está por cambiar. Leeremos de modo distinto, quizá soportando cada vez más la radiación de la pantalla, a texto corrido sin el descanso físico de la vuelta en cada página, sin el aroma del papel y, lo más grave, sin la atención debida y con una imaginación poco ejercitada en abstracciones necesarias.
---Perder la posibilidad de descubrirnos “más profundos y más extraños de lo que creíamos” (Harold Bloom dixit) nos conducirá, tristemente, a degradar nuestras ya ínfimas reservas de tolerancia y comprensión para con los demás. Nunca, como hoy, he juzgado las pesadillas de Campanella, Moro, Bacon, Verne, Wells, Zamiatin, Kafka, Çapek, Orwell, Asimov, Bradbury, Philip K. Dick o Ursula K. LeGuin tan necesarias...

domingo, 2 de septiembre de 2007

Morbo saludable

En ocasiones, los artistas (y entre ellos los escritores) tienden a mutar su frágil naturaleza para convertirse en algo más que aquello que les tocó, bajo el signo rudo del azar y algo de voluntad, llegar a ser. Algunos ejemplos, sabidos o no, ilustran como el olvido contribuye a que se ignoren algunos rasgos de su personalidad en favor de lo que su obra consigue significar para sus lectores. Tales detalles de la personalidad pueden sorprender, extrañar o acentuar esa admiración.
---A pesar de la estatura poética de François Villon y la protección que recibía por parte de su tutor (un clérigo que, todo hace suponer, no fue el mejor ejemplo para el joven bardo), nada impidió que parte de su fama se debiera a un proceso que se le siguió por robo, en el cual se ventilaron también algunos delitos menores y un probable asesinato (no comprobado). Su afición a las mujeres de vida galante era proverbial y no hay duda de que la gorda Margot debió tener un referente verdadero, material, vivo. Su desaparición evade en parte el misterio porque no es difícil suponer que, tras la huída de París, encontrar la muerte era lo más seguro en esos años.
---Baudelaire fue un dandy llorón que pidió ayuda económica a su madre casi todo el tiempo. Sus cartas testimonian su enorme habilidad para la mentira y el engaño. Le gustaba gastar y disfrutar de placeres que sólo el dinero consigue. Cuando recibía algún pago o préstamo, se alojaba por temporadas en hoteles de buena monta y no salía de ahí hasta que la deuda o un gerente iracundo acabaran por echarlo. Hay quien dice que adoraba a su mulata mujer, pero su carácter retador y anticonvencional (más cerca del inmaduro exabrupto que de una actitud reflexiva) llega a poner en duda tal cariño; aunque su dependencia de ella y de la madre pueden demostrarse.
---George Orwell vivió oprimido por la culpa casi toda su vida de adulto; desdeñó con rigor la educación que había recibido y aprendió a odiar al imperio británico que le ofreció, además de trabajo, una estancia birmana donde experimentó la injusticia del poder sobre los sometidos. Quiso, buscó y consiguió vivir mucho tiempo casi como un paria (durante su estancia en Francia lo logró), decía aborrecer las maneras, usos y costumbres del mundo donde creció y, con todo eso, su esposa delataba, en una carta, que el escritor no podía dejar de comer sin vino y, además, impedía que sirviera la mermelada directamente del frasco para obligarla a servirla en un plato pequeño “como debía de hacerse”. Quien alguna vez fue conocido como la “conciencia de una generación” tampoco evitó hacerse famoso como maestro de escuela, experto en el manejo de un bastón con el que castigaba a sus alumnos.
---Así como puede uno conmoverse con la lectura de La madre y celebrarlo, Máximo Gorki, cuando estuvo al frente del organismo del estado que agrupaba a los escritores de la desaparecida Unión Soviética, su tibieza posibilitó (tal vez) los suicidios de Maiakovsy y Esenin, permitió la desastrosa condena de Osip Mandelstam y no se opuso al confinamiento domiciliario de Anna Ajmátova. Intocable, acomodaticio y privilegiado, parte de su leyenda estriba en saber callar ante el dolor de algunos de sus conocidos, compañeros de gremio y amigos personales.
---La lista de ejemplos puede continuarse, pero carece de sentido después de todo. Si Hemingway saltaba sobre las esposas de algunos de sus amigos o Joyce sufría frecuentes ataques de llanto ante la evocación de la figura de su madre, al punto de ovillarse y quedar inmóvil, son cosas que no interfieren con lo que de su obra queda (lo verdaderamente importante, pues) en la memoria sensitiva y el imaginario de la cultura en occidente. Pero esas curiosidades los plantan, creo, como seres de carne y hueso, amables y deleznables a la vez, hechos del barro sucio donde podemos reconocernos. Saber puede no servir, pero sí ayudar a comprender y releer de distintos modos. Todos saludables, sin duda.