martes, 21 de agosto de 2007

Stevenson apunta un sueño

En la experiencia particular, no valen todas las obras humanas de todos los siglos para anular un evento personal, único, que hayamos teñido de trascendencia. El punto, claro, no estriba en el hecho de la trascendencia, de ahí la suavización que se busca al utilizar el verbo teñir. Lo que digo es, como ya alguna vez lo dejó sentir Catulo o lo entrevió Shakespeare o lo escribió Stevenson, que en ocasiones basta presenciar un hecho o participar de él para que la memoria elabore una compleja maraña de relaciones que conducen la vivencia al plano del recuerdo imborrable.
---Así como cierto amigo mío evoca y otorga significados a ese momento en su pasado cuando conoció una huerta que pertenecía a su abuelo; un día en el que comenzó a preguntarse los porqués de la extraña floración del mango, la frescura del agua de la noria o los varios dibujos de la luz que cae filtrada por la fronda de un chicozapote; así eligió Sergio Pitol plantear un relato/ensayo donde la importancia del punto de vista en la narrativa se relaciona íntimamente con el hecho de recorrer Venecia sin anteojos y hacerlo de nuevo al día siguiente, cuando los había recuperado. También Seamus Heaney, en un texto maravilloso, describe lo que rememora como su primer encuentro con la experiencia poética a través de contar como, cuando niño, entró en un campo sembrado de guisantes y se recostó en el centro para perder cualquier noción de ubicación, pasar por la extrañeza y acabar en el más puro y desconocido asombro.
---Aunque en este instante cito mayormente casos que han llegado a mí a través de la lectura, no defiendo el texto por sobre lo vivido, jamás podría colocar alguna obra determinada sobre la estatura humana de nadie. Y no trato de moralizar sino de colocar en perspectiva que, por mucho que digan ciertos radicales, aunque la vida forme parte ineludible de la obra de arte, esta NO ES la vida; puede parecerse, evocarla, hacerla sentir, formar parte de, hacernos decir que lo es, pero simplemente no. En todo caso, si llegara a “serlo” se vería condicionada (cualquier obra de que se trate) por su temporalidad. Si acaso la obra llegara a ser la vida, sería por un breve lapso que, presiento, ni siquiera notaríamos.
---No se trata de que las cosas o los seres estén vivos, es la conciencia la que nos hace admitirlo o concederlo o descubrirlo; por este motivo, la fuerza imaginativa no carece de crédito y ha producido sorprendentes obras que vencen cualquier esfuerzo hermenéutico. No puedo negar lo que se pierde, lo que el tiempo deshace o transforma, pero nuestros discursos no valen un gramo de nada ante la contundencia simple de todo lo que late sin la voluntad magnánima de un ser que cree saberse conciente de las cosas y funda certezas que habrán de vencerse mañana o cuando pulse la siguiente tecla.
---Si vuelvo a la literatura, es ahí donde veo el sueño lúcido de Stevenson de incluso desear que no haya libros con tal de que la compasión fuese una regla general entre los seres dizque pensantes que habitamos esta ínfima pelota estelar. El escritor inglés no diserta, no reflexiona, apenas apunta un deseo tras escuchar a un igual distinto referirle dudas y opiniones cuya lógica sencilla derrota las explicaciones. Hace poco alguien me decía sobre no sé qué “Es que eso es absurdo” y precisamente ahí es donde el problema radica, somos incapaces de aceptar que la razón, con todo y lo necesaria que es, no pasa de ser invención nuestra y nuestra raíz inexpresable da con ella en el suelo siempre, siempre, siempre.
---Sí, ya sé, me he ido en banda de nuevo. Pero bueno, ya decía Sterne que sin la digresión no hay literatura posible. Y este espacio no es terreno para la pontificación sino para la libre exposición de impresiones (en la pobre medida que el lenguaje y mi capacidad de usarlo permitan). Por mucho que trato de convencerme, no veo muchos sueños que rebasen en belleza al que apuntó alguna vez el autor de La isla del tesoro. Puedo agradecer a Borges la pista que me condujo a Stevenson y agradecer a éste por llevarme a donde no sé pero persigo.

Dos margaritas de un imprescindible...


-El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
["El otro"]

-Las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida.
["El congreso"]

Jorge Luis Borges
El libro de arena (1975)

viernes, 17 de agosto de 2007

Miren quién se justifica...

La bombilla encendida, la casa silenciosa, la oscuridad del exterior, los últimos momentos de vigilia, todo ello me da derecho a escribir aunque sea las cosas más deplorables. Y me apresuro a usar este derecho. Así soy yo.

Franz Kafka
(Diarios, 25 de diciembre de 1910)

jueves, 16 de agosto de 2007

Tatuaje de signos atroces

Tres semanas antes de morir, el poeta Abigael Bohórquez entregó un ensayo a cierto amigo suyo, columnista del suplemento cultural de Excélsior por aquellos días, donde abordaba la poesía desde su perspectiva de lector. Dicho ensayo, que yo recuerde, jamás fue publicado pero conozco su contenido gracias a una lectura fortuita que se realizó el día en que la única copia existente fue puesta en manos del columnista que menciono líneas arriba y que, todo indica, no pudo hacer llegar el texto a las prensas.
---En el ensayo se hacía una clara referencia a la poesía como “un tatuaje de signos atroces” y, de algún modo, la cita me ha acompañado desde entonces. No dejo de imaginar al poeta como un “enfermo” (Kafka me lo ha enseñado también, así se describe al especular en una carta sobre los motivos de su alejamiento de Milena Jésenska), incurable, que sufre y goza de una condición de la que no puede librarse; por eso quizá la palabra tatuaje funciona debidamente, por su doble carga de imagen indeleble que a la vez precisa de cierto rango de voluntad y aceptación para ser.
---Ahora bien, el tatuaje es sin duda un signo que remite a una temporalidad perdida en los orígenes de las sociedades humanas; sus formas de representación nos dicen algo incomprensible pero cercano y en lo que secretamente encierra su trazo conviven lo particular y lo colectivo. La poesía no carece de rasgos similares porque, no hay que olvidar, hubo un tiempo en el que no se hallaba aprisionada formalmente por el lenguaje escrito.
---Luego llegamos al adjetivo. La atrocidad se separa de lo que puede calificarse como terrible en un grado de intensidad mayor de lo común. Tampoco puede desligarse del miedo. Atroz pude ser una palabra útil porque, en cierto sentido ligado a lo ancestral, el poeta no deja de compartir el campo semántico de las palabras que lo pretenden designar con las que buscan definir al vidente, al intérprete lúcido que puede hacer suya la voz donde los otros pueden encontrarse.
---El papel que juega lo atroz es de radical importancia. La mirada interior del poeta no evita topar con el anverso de las virtudes que constituye, desde la más lejana antigüedad, nuestra nómina de términos descriptivos más usual. Desde el Gilgamesh, pasando por Homero, Virgilio, Dante, Villon, Skakespeare, Cervantes, Milton, Kafka o Blok para llegar a la contemporaneidad, no hay sensible variación en la evidencia que nos muestra como fruto inacabado de una pérdida o producto de una descomposición incesante. El mismo Bohórquez dijo también una vez: “No hay para el poeta una recompensa sino una condena doble: miseria y soledad”. La facultad de la videncia no augura otro beneficio que el desencanto (o el doble “desencanto y decepción” que reservaba W. B. Yeats para los verdaderos artistas).
---Tal vez por estas razones no me desagrada coincidir con Carlos Fuentes cuando en una entrevista menciona que “toda literatura procede del miedo”. Se trata de un temor a mencionar, a evocar de vuelta los poderes perdidos de la palabra a través del desgaste progresivo de los siglos. A esa claridad que espanta puede llegarse de múltiples maneras y el trabajo sin fin del poeta (aquí podría ampliarse el término para que abarque a cualquier artista) es la búsqueda continua de esa belleza diversa que admite adjetivos benévolos o temibles.
---Si la poesía es, como antes se dijo, “un tatuaje de signos atroces”, hago mía esa frase que consigue ligar sus palabras a la contundencia de una impresión que tengo y persigo compartir o evitar que sea desapercibida (a sabiendas del nulo éxito que promete una intención de este tipo). En ocasiones, hacen más falta los poetas de lo que creemos. Yo no tengo esperanza alguna en nada y, sin embargo, tengo una fe indestructible en los poderes nada inocuos de la lectura. El poeta (el de verdad) puede no saber de lo que habla, pero habla; conoce y desdeña el murmullo (tan, pero tan colectivo) que nos aleja de lo que somos íntimamente.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Un poema bellísimo de un viejo admirable...

sueño que no se entiende
a sí mismo/delirio
fiel solamente a la palabra que
se hace noche/reflejo

que arde solo/oro oscuro
en la pasión de nadie que es de todos
y abandonada luz/no sabe
lo que dice/ve sin ver/se piensa

como dolor/es clara la hermosura
de su memoria aterrada
en cada despertar/el desgarrón

de la conciencia y la mano que toca
el peso de sus entrañas como
voz sin destino/

Juan Gelman
Incompletamente (1997)

martes, 14 de agosto de 2007

Simultaneidad...

¿Con qué me quedo? ¿Con la profundización crítica o con una sorpresa estimulante? Creo que me quedo con ambas cosas, anárquicamente intercaladas y simultáneas. La simultaneidad en el trabajo creativo viene de la profundización: a veces, excavando a fondo la tierra se ve de repente un fulgor, una gema inesperada.
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Clarice Lispector
Un soplo de vida (1978)

lunes, 6 de agosto de 2007

Sugerencia (de algo puede servir)...

Cuando escribo, procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las ideas que me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir. Tengo una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales, una para las personas, una carpeta para los personajes históricos y otra para los héroes de la mitología; tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco sentidos; en una recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida y en otra ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo. Cuando una carpeta empieza a llenarse de páginas, me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de ellas.
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Italo Calvino
(Fragmento de una conferencia pronunciada por el escritor -en inglés-, el 29 de marzo de 1983, para los estudiantes de la Graduate Writing Division de la Columbia University de New York [traducción: Aurora Bernárdez])