Demando una muerte natural
sin morder el polvo,
sin esparcir la sangre...
No le temo a la muerte...
sino al dolor incierto, ilimitado.
Robert Lowell
(Versión de Carlos Monsiváis)
lunes, 21 de mayo de 2007
Menú para futuras conversaciones...
* ¿Será que la realidad es, en esencia, obsesiva? Dado que nosotros construimos nuestros mundos por asociación de fenómenos, no me sorprendería que en el principio de los tiempos haya habido una asociación gratuita y repetida que fijara una dirección dentro del caos, instaurando un orden.
* ¿Es que nunca nadie será capaz de transmitir el balbuceo del momento que nace?
* ¿Acaso se puede estar seguro de algo?
* ¿Por qué no es posible concentrar la atención en nada? El mundo es cien millones de veces demasiado opulento, ¿qué haré con mi distracción?
* No existe una posibilidad irrealizable... Toda trama es posible...
Witold Gombrowicz
Cosmos
jueves, 5 de abril de 2007
Obviedad (según yo)
No otra lección nos dejan las historias: somos una especie que vive para ser esclava de sus emociones y muy, pero muy dada al traste.
lunes, 2 de abril de 2007
Autorretrato...
Tengo la estatura, los ojos, el cabello y el tono de piel más comunes de este país. De mis órganos internos no respondo aunque, para ser sincero, tengo la impresión de que funcionan de manera defectuosa o simplemente trabajan a marchas forzadas porque su combustible no ha sido el indicado. Mis pies se quejan a veces y mi espalda todo el tiempo. Uso anteojos porque propuse una estupidez y Dios dispuso un castigo.
En mí, la ira y la felicidad son fáciles, de casco ligero. Adoro las palabras que la mayor parte de la gente desprecia porque su utilidad ofrece precisión y economía. Me precio de ser devoto de la virgen de Guadalupe, José Alfredo Jiménez y Chava Flores. Miento con una facilidad que me da miedo y digo la verdad con una flojera que me da risa. Abogo por que algún día mis genes sean irradiados con uranio.
Como todos, me levanto hediondo y despreciable. Aunque los animales me inspiran una rara piedad, confieso que ciertas partes de las vacas y los marranos son deliciosas si se exponen debidamente al fuego. Bebo para olvidar que no debería beber. Fumo porque me hace feliz en mucho y porque odio con odio jarocho a los idiotas que imaginan al diablo vestido de oncólogo. Amo algunos deportes y aquello que un inglés llamó “bestia de dos espaldas”. Soy distraído de más y, de poder elegir otro destino, escogería el de Tin Tán. Sostengo que las mejores películas del mundo son las de Mauricio Garcés y proclamo a los cuatro vientos que el mole de guajolote es superior al de gallina vil.
En mí, la ira y la felicidad son fáciles, de casco ligero. Adoro las palabras que la mayor parte de la gente desprecia porque su utilidad ofrece precisión y economía. Me precio de ser devoto de la virgen de Guadalupe, José Alfredo Jiménez y Chava Flores. Miento con una facilidad que me da miedo y digo la verdad con una flojera que me da risa. Abogo por que algún día mis genes sean irradiados con uranio.
Como todos, me levanto hediondo y despreciable. Aunque los animales me inspiran una rara piedad, confieso que ciertas partes de las vacas y los marranos son deliciosas si se exponen debidamente al fuego. Bebo para olvidar que no debería beber. Fumo porque me hace feliz en mucho y porque odio con odio jarocho a los idiotas que imaginan al diablo vestido de oncólogo. Amo algunos deportes y aquello que un inglés llamó “bestia de dos espaldas”. Soy distraído de más y, de poder elegir otro destino, escogería el de Tin Tán. Sostengo que las mejores películas del mundo son las de Mauricio Garcés y proclamo a los cuatro vientos que el mole de guajolote es superior al de gallina vil.
El azar lo prefiero en el juego. El juego lo disfruto más en ese templo que es la cama, donde mejor se practica la herejía. Reconozco que hubiera hecho lo mismo que Caín, Jacob y otros célebres tramposos. Busco siempre el injusto medio de las cosas. Quisiera que mis intestinos fueran invulnerables a tanta suculencia callejera. Defiendo el sueño guajiro de sus pobres detractores y me afilio a la liga mundial de cursis fundamentalistas. Soy pesimista y quiero a la vida por difícil. He dicho.
domingo, 1 de abril de 2007
Confesión...
Conozco el cariño de mucha gente; tal vez no tanta, pero en mi corazón es mucha. Mucha gente puede ser una persona, una sola que mire desde la paciencia y el desacuerdo.
Por razones que no vienen jamás al caso, no evito ser el injusto que soy (como ciertos bichos no evitan su ponzoña) y sólo reconozco que abandono y olvido por largo tiempo, me incomunico y dejo pasar los eventos del mundo como esperando que me ignoren y me cierren su puerta. Pero debo reconocer que a veces se topa uno con el vivo rostro de individuos que nos enseñan ciertos poderes sin nombre que la vida se guarda como sorpresas. Sin merecerlo, habito ciertas almas de personas pacientes que visitan mis huesos destartalados y pobres, que me hacen decir palabras que creía olvidadas y me insisten, con su ejemplo, que alegrarse es un tesoro que sólo un tonto desprecia (un tonto que soy con suma frecuencia).
Recibo el regalo de la compañía con el temor de quien no aporta con justicia un algo para sostener los vínculos que fraguan los recuerdos. Me siento como un niño regañado que sólo sabe lanzar virtudes para sus muchos tutores en la vida. Aprendo, sí, consigo mucho de cruzar palabras con personas que admiten y evitan juzgar de más. Me siento bien de saber que significo, sin buscarlo, en la vida de alguien que sabe ser amigo y resiste, desde su trono de bondades, mis muchas y estúpidas palabras de payaso.
Por razones que no vienen jamás al caso, no evito ser el injusto que soy (como ciertos bichos no evitan su ponzoña) y sólo reconozco que abandono y olvido por largo tiempo, me incomunico y dejo pasar los eventos del mundo como esperando que me ignoren y me cierren su puerta. Pero debo reconocer que a veces se topa uno con el vivo rostro de individuos que nos enseñan ciertos poderes sin nombre que la vida se guarda como sorpresas. Sin merecerlo, habito ciertas almas de personas pacientes que visitan mis huesos destartalados y pobres, que me hacen decir palabras que creía olvidadas y me insisten, con su ejemplo, que alegrarse es un tesoro que sólo un tonto desprecia (un tonto que soy con suma frecuencia).
Recibo el regalo de la compañía con el temor de quien no aporta con justicia un algo para sostener los vínculos que fraguan los recuerdos. Me siento como un niño regañado que sólo sabe lanzar virtudes para sus muchos tutores en la vida. Aprendo, sí, consigo mucho de cruzar palabras con personas que admiten y evitan juzgar de más. Me siento bien de saber que significo, sin buscarlo, en la vida de alguien que sabe ser amigo y resiste, desde su trono de bondades, mis muchas y estúpidas palabras de payaso.
No hay agradecimiento suficiente, aunque manifiesto lo colosal de mi admiración por esa rara condición de ser deslumbrante que algunos poseen. Ese tipo de personas comprende que las palabras son apariencia y mentira, pero que con ellas se construye la verdad.
viernes, 30 de marzo de 2007
Comienza la Semana Santa...
No tengo idea de cómo hacer para poner en orden algunas cosas que debo hacer... Fatalmente, lo más seguro es que no haga nada de lo que debo (o debería)... Tal vez algunas lecturas, pequeñas correcciones a diversos textos, intentos fallidos de provocar algunos "nuevos"; en fin, ya se verá... Por lo pronto, dos semanas por delante para ver si puedo tomar una decisión que vaya de acuerdo con esta edad de tuerca y émbolo que no consigo interpretar de manera que asegure para mí un poco de sosiego... Ojalá esa abultada agenda de Dios me tenga contemplado en un margen menos oscuro que el habitual...
miércoles, 28 de marzo de 2007
Homeland blues...
La ciudad donde nací descansa irredimible su fatiga de sol y polvo, fachadas de ruina y cada vez menos árboles. Miro a las personas como escapadas de la vida o de sí mismos, no sé, tengo la impresión de que aquel silencio que de niño percibí se ha hecho más grande y espeso.
Mis sentimientos no descansan jamás en lo definitivo, por eso no puedo decir si acaso es tristeza o asombro lo que me inunda cuando estoy de paso por las casas de los míos y sus fotografías, cuando gradualmente me entero de noticias pasadas de moda o veo como mis amigos (los pocos que soportan verme sin máscara) ríen conmigo a cada trago de cerveza.
Quizá las cosas no se mueven, tal vez transcurren mohosas como afiches de pared que sólo envejecen y aceptan su destino con estoica paciencia. A lo mejor esperan la justa muerte, puede ser que ya la hayan encontrado y no alcancen a saber cómo demonios ejercerla.
Pienso en Ramón López Velarde y aquella su imagen verbal de un patio deteriorado y vacío donde una cubeta recibe, indolente, la gota incesante que marca el tiempo de su progresiva degradación. Pienso también en la idea imposible de volver como una semilla que regresa sobre sus pasos.
Me dejo seducir por el rostro múltiple de una edad que tuve y en ocasiones extraño, pero que ahora miro a la distancia como quien asiste al cine para decepcionarse de sí mismo al descubrir la triste figura en la que nos convierten el tiempo y nuestras palabras. Sé que el paraíso debe ser siempre, por fuerza, una idea pasajera. Jamás creí que tan breve.
Mis sentimientos no descansan jamás en lo definitivo, por eso no puedo decir si acaso es tristeza o asombro lo que me inunda cuando estoy de paso por las casas de los míos y sus fotografías, cuando gradualmente me entero de noticias pasadas de moda o veo como mis amigos (los pocos que soportan verme sin máscara) ríen conmigo a cada trago de cerveza.
Quizá las cosas no se mueven, tal vez transcurren mohosas como afiches de pared que sólo envejecen y aceptan su destino con estoica paciencia. A lo mejor esperan la justa muerte, puede ser que ya la hayan encontrado y no alcancen a saber cómo demonios ejercerla.
Pienso en Ramón López Velarde y aquella su imagen verbal de un patio deteriorado y vacío donde una cubeta recibe, indolente, la gota incesante que marca el tiempo de su progresiva degradación. Pienso también en la idea imposible de volver como una semilla que regresa sobre sus pasos.
Me dejo seducir por el rostro múltiple de una edad que tuve y en ocasiones extraño, pero que ahora miro a la distancia como quien asiste al cine para decepcionarse de sí mismo al descubrir la triste figura en la que nos convierten el tiempo y nuestras palabras. Sé que el paraíso debe ser siempre, por fuerza, una idea pasajera. Jamás creí que tan breve.
Percibo la tensión de los otros cuando juegan a vivir sin la posibilidad del abandono, cuando buscan y, fatalmente, encuentran algo de grillete en las cosas. Mi casa está secándose y mi memoria se borra. Demasiados rostros, demasiado paisaje me deja sin voz. Dolores de otros que hago míos sin que a nadie le importe. Y un pesar terrible por aquellos que no alcanzo a encontrar.
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