miércoles, 2 de enero de 2008

Duraznos

I
Alba era el amor entonces. O al menos eso quiero creer.
---Alba era mi sombra, lo admito, mi gracia de ser cuando nadie me miraba, la pausa de frío que interrumpe el desayuno con el más mínimo recuerdo. Y sí, hablo de aquello como si sólo estuviera allá detrás, en otro tiempo simple, sencillo, evocable sin ruidos o temblores. Nada más lejos de todo cuanto diga. Alba fue como si todavía fuera, pero sin ella, sin ese cuerpo que no pude jamás mirar sin miedo. Nunca dije “mía” en honor a la verdad. No podía. No la tuve, por eso su partida o sus motivos para irse son eventos sin importancia.
II
Alba era lo más parecido a un durazno. Es algo ridículo, pero la primera vez que estuvimos juntos ella insistió en hacer la limpieza del cuarto (mi recámara, en esos días, era una auténtica pocilga y ella detesta el desorden) y, ya desnuda, viajó por la estancia recogiendo mi ropa, agachándose de vez en vez, siempre de espaldas a la cama, haciendo (con cada flexión de su cintura) de su culo un majestuoso durazno.
---Es curioso, la visión de la fruta ocurrió antes de que pasara nada pero marcó cada suceso posterior. Desde ese momento, todo encuentro comenzaba en mi sincera postración para lamerla (sus nalgas fueron un principio inevitable).
III
Durante la vida juntos, salir del trabajo implicaba detenerme en alguna tienda o supermercado (cierta culpa me hacía procurar un establecimiento distinto cada ocasión, hasta que la práctica me permitió elaborar el complicado itinerario de uno por día de la semana) para comprar duraznos. Alba los lavaba y me hacía comerlos de su cuerpo; detrás de la pulpa encontraba sus pezones, sus labios, su ombligo o sus dedos. En ocasiones me hacía buscar en su vagina algún trozo perdido o me vistió el miembro como una flor destinada a sus dientes y su lengua.
---Nunca supo el motivo de mi gana de duraznos (no se lo dije), nunca se opuso (no era su costumbre) y yo me daba al hartazgo de sentarla en mi rostro para sentir en las mejillas ese vello rubio tan leve (casi invisible) que cubría su trasero.
IV
De su vida recuerdo muy poco. Estudiaba, creo, no se me ocurre qué pero adoraba sus libros (alguno debe quedar por ahí). Leía por horas, en un silencio que sólo interrumpía para hablarme de aves. Silbaba con ternura en mis oídos y a veces tomaba mi entrepierna con fuerza, saludando a su “pájarito sin nombre”.
---De vez en cuando me dirigió un reclamo, no es algo que guarde con precisión en la memoria, debió ser (quizá) que no quise nunca salir de casa si ello implicaba su compañía, no sé, para mí no era cosa fácil traicionar el universo que cierto extraño destino me había deparado. Ella dijo egoísmo, creo; yo siempre dije, si no me equivoco, algo así como “armonía”. Supongo que no quise saber qué demonios significaba saberla vista por otros o imaginar lo que cualquiera que nos viera pudiera pensar. Tal vez la música (y perdón por utilizar tal sustantivo) del estar uno con otro fue algo que, con el paso del tiempo, aprendió a detestar.
V
Importa que Alba no esté, que haya decidido esfumarse sin decir palabra, sin dejar un rastro, alguna miga de pan o hueso seco de durazno qué seguir hasta encontrarla. Pero nada. Las horas se hicieron de una lenta y pesada consistencia que no consigo descifrar. Mi ropa ha vuelto a su sitio en el suelo.
---He dicho que sus motivos no importan porque los he olvidado, porque de ella sólo queda la imagen de un cuerpo que vaga por la casa con un libro en la mano, o bajando a recoger alguna cosa del piso (siempre de espaldas a mí) para exhibir, sin saberlo, el bellísimo durazno que, por instantes, me hizo cantar.
VI
Algunos empleados de mostrador me han preguntado por la sensible reducción de duraznos en mi dieta y, por supuesto, invento cualquier pretexto relacionado con una fortuita rebaja en mis ingresos o alguna tontería sobre mi salud.
---Sería difícil confesar que sigo comiéndolos (minuciosamente limpios), con menos frecuencia, desnudo y recostado en la cama, después de frotarme con ellos el cuerpo...

domingo, 30 de diciembre de 2007

Fin de año...

Ignoro qué tanto valga la pena despedir el año. Tengo la tentación de vilipendiarlo, eso sí, pero ha tenido eventos felices (los que no lo fueron son más numerosos, claro)...
Cero propósitos. Sea lo que deba ser...
Y felicidad, prosperidad, suerte o lo que sea de bueno para todos...

sábado, 29 de diciembre de 2007

Aparcados junto al océano

busco palabras dulces como la sombra de los árboles.
Mis ojos son los bosques.
La llegada del agua es un largo sueño.

Todas las cosas tienen la forma de mi mano.
Las ventanas se encienden. Algunos hombres miran
la oscuridad, saben lo que desean
pero no saben lo que necesitan.
El cielo quema. Hopkins
mira caer la nieve en los bosques nocturnos,
Robert Lowell mira desde un taxi las luces de Nueva York.

Aparcados junto al océano
nuestras palabras eran
las olas y el castillo contra el que dan las olas.
Palabras dulces, algo que no puedas
entender ni olvidar.
Vemos pasar los ángeles de Milton
y los cisnes salvajes de W. B. Yeats.
Al final del poema está la muerte.

Ángeles parecidos a la luz de un incendio,
cisnes como la sombra de los bosques.

Mi padre conducía siempre coches usados.
Los domingos, casi de madrugada,
cruzábamos despacio la ciudad: calles frías,
letreros encendidos, casas oscuras.

Los que dicen -escribe Paul Celan- la verdad
expresan sombras. La primera luna
es del tigre -decía Pound. Los días
eran largos, pero la vida es corta.

Mi padre buscaba estaciones de radio.
Yo veía las torres de la luz, el cielo
extraño de las fábricas.

La lentitud de los poemas mueve el agua de la mano.
Las palabras de ahora
arrojaban su sombra como un jardín
parece el movimiento oscuro de los cuerpos dormidos.
La sombra de un jardín es el silencio.

Aparcados junto al océano,
vi una estrella caer entre las luces rojas de la costa y pensé en mí.
Cierro el libro: como animales, como redes,
las sombras se retiran. La ventana
que ilumina el abismo, es también el abismo.

Busco palabras como la luz que sube desde el frío
de la noche al sonido azul de las palmeras.
El poema es una fuente: hundo
en él la mano, el agua pone anillos en mis dedos.
El poema es un cuerpo: lo acaricio,
la humedad de su piel deja en mi mano
un animal vacío.

Aparcados junto al océano
no hay palabras hermosas igual que enredaderas,
luces con corazón de leopardo en el oro de los parques;
no hay libros más hermosos que la vida.

Aparcados junto al océano
la noche es el libro; la muerte, una manzana.

Benjamín Prado
Cobijo contra la tormenta (Poesía 1986-2001)
[Hiperión, Madrid, 2002]

jueves, 27 de diciembre de 2007

Memorable

Me encontré con esta foto antigua (cortesía de Francisco Aguilera) en cierto site de la red (esmexico.com), lo especial es que se trata de la vieja Escuela 'Hermanos Talamante', la primaria en donde estudiaron mi padre y mis tíos, en la vieja Navojoa de aquellos días.
---El edificio, me dijeron siempre, data de los veintes, pero jamás he sabido con exactitud su año de construcción o la fecha de inicio de actividades. Yo estudié en la versión 'modernizada' de esa misma institución (erigida en los cincuentas, si mal no recuerdo) y, por supuesto, guarda para mí un sitio especial en la memoria.
---En esa vieja edificación de la foto, si el recuerdo de las palabras no se ha borrado lo suficiente, mi padre asegura que partió madres y le fue partida en más de una ocasión, recibió múltiples castigos (uno memorable: subió a la torre del edificio para matar tecolotitos con su resortera) y avergonzó los oídos de mi abuelo con más de un sermón del director que describió las linduras de su comportamiento infantil.
---¿Cómo no compartir esta fotografía? ¿Cómo hacerme el distraído para con la imagen distante de donde deambularon algunos de mis más cercanos vivos y muertos? Esta imagen me dice demasiado como para no colocarla aquí. Lamento esta venial cursilería, pero no me parece injusto rendir un modesto homenaje a un lugar que ha estado siempre en mi imaginación y, ahora, puedo verlo... Para que esa misma imaginación se transforme otra vez, y mienta más cosas...

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Tres de Ionesco...

- (...) inclusive es a causa de la literatura por lo que ya no llego a comprender nada. Es como si al hacer literatura hubiese gastado todos los símbolos sin penetrarlos. Ya no me hablan de una forma viva. Las palabras han matado a las imágenes, o las ocultan. Una civilización de palabras, una civilización extraviada. Las palabras crean confusión. Las palabras no son la palabra.
- Que me exprese con rigor o sin él, que la metáfora sea justao inadecuada, arrastrada por un verbalismo confuso y delirante, no tiene importancia; de todas maneras, el espíritu profundo se pierde en las explicaciones. La experiencia profunda no tiene palabras. Cuanto más me explico, menos me comprendo. No todo es incomunicable por las palabras, desde luego, sino la verdad viva.
- La palabra no muestra. La palabra parlotea. La palabra es literaria. La palabra es una fuga. La palabra impide que hable el silencio. La palabra ensordece. En lugar de ser acción, consuela como puede de no actuar. La palabra gasta el pensamiento. Lo deteriora. El silencio es oro. La garantía de la palabra debe ser el silencio.

Eugène Ionesco
Diarios (Ed. Páginas de Espuma, Barcelona, 2006)
[Traducción: Marcelo Arroita-Jáuregui -1968-]

jueves, 20 de diciembre de 2007

Dog from the past

Suelta palabras
y saldrán como perros furiosos
cuyo escándalo
podrá escucharse en la inmensa redonda
quizá como campanas
tal vez como un enorme y público edificio
de ruidos necesarios.

Contempla la jauría
que no demanda temor o fijaciones.

En medio de la turba
habita un perro solo y enfermo
(lo sé porque lo vi
muy claro en la risa de un amigo
que hablaba del pasado):
arroja su saliva en un ladrido vacío
inexplicable
salvo por una oscura cicatriz de bala
en la garganta.

(Este es otro poema de un libro en proceso, nada más digo, salvo que -como saben- puede hacerle bien que me llegue una que otra opinión sobre el texto... Siempre se agradece)

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Tres disparos de un escritor colombiano...

-Escribir para mí es el resultado de una búsqueda que tiene muy poco que ver con la literatura; es algo en el tejido nervioso, una salvaje necesidad de expresar lo absurdo e inapropiado que me siento en cada circunstancia. Creo ser una persona intuitiva y emocional, al mismo tiempo me divierte experimentar con diversas formas y niveles de lenguaje. Nunca me propuse ni pensé ser escritor; detesto a los escritores, me parecen fofos y aburridos. Escribir me permite reflexionar sobre las cosas que me obsesionan como el aislamiento a que nos somete el tipo de sociedad esquizofrénica que hemos construido o la forma como hemos convertido el sexo en mecánica funcional y el amor en una lánguida y perversa costumbre. Me gustaría empezar todo de nuevo, partir otra vez desde el génesis en compañía de Paulina Rubio.
-Bogotá es una urbe plena de contradicciones, una ciudad inmensa y, sin embargo, plena de humanidad. También feroz y despiadada, pero divertida. Hay miles y miles de sitios para ir a bailar, millones de bellas mujeres que saben amar y odiar en el mejor de los modos. El transporte, el ron y las putas son más baratos que en cualquier otra parte. La gente es muy educada, hasta los asaltantes suelen tener buenos modales. Si no fuera por el excesivo número de poetas por metro cuadrado sería una ciudad perfecta.
-La mayor parte de la literatura actual es física mierda; hay pocos escritores y demasiados “funcionarios de la literatura”. Me aburre leer a mis contemporáneos, no hay emoción ni intensidad en lo que escriben, no hay fuerza ni inteligencia. Escriben para mantenerse en el “mercado” y porque según ellos es su oficio. ¿Cómo puede ser el oficio de alguien ser escritor? Uno está en el mundo, tiene ira y desenfreno, ha tenido noches inolvidables y resacas terribles. Uno está jodido y entonces golpea la pared, suena el bajo, corre entre los automóviles o escribe... Pero para los pendejos que desde el comienzo tenían como objetivo ser escritores y estudiaron literatura o cosas afines y han sido o todavía son profesores de semiótica y tonterías por el estilo, para ellos escribir es un oficio y por eso no paran de producir caca de ratón enfermo.

Efraim Medina Reyes
(Tomado de una entrevista durante la pasada FIL, si quiere leer algo de este singular narrador de Colombia, consígase Érase una vez el amor pero tuve que matarlo o la estupenda Técnicas de masturbación entre Batman y Robin, ambas en Seix Barral -o Editorial Planeta si se prefieren las ediciones de bolsillo-)