¿Acaso no puedo inventar y construir una vida no vivida? (...) ¿Por qué me lleno de miedo cuando percibo que los lugares que visito son conocidos? ¿Por qué tengo la sensación de que ya estuve aquí? ¿Por qué reconozco los caminos, el olor de las flores, la ubicación de los paisajes, el gusto de los alimentos, la pesadez del viento y el color del sol?
Hay gente que se habrá comido en su vida no sé cuántos kilos de trigo hecho hostias, pero que no por eso es menos capaz de meter la mano en el bolsillo ajeno, soltarle una patada en la cara al moribundo o un escopetazo en la espalda al sano...
Todo acaba pareciéndonos tan denigrante que tenemos la impresión de que no puede ser que sea todo verdadero. Y, sin embargo, todo aquello que hemos vivido creyendo que alucinábamos, pues parecía improbable tanta ignominia y degradación juntas, es precisamente lo que constituye el núcleo duro de nuestra única realidad.
Nada es más agobiante para el alma humana que la calma de la inactividad y la certeza de lo irremediable, que terminan, ciertamente, con el miedo, pero también con la esperanza.
El escollo ante Lezama no es otro que nuestra mala fe agazapada detrás de nuestros altisonantes cánones estéticos. (...) Pensamos que nuestras objeciones tienen alguna base objetiva, sin darnos cuenta de lo absurdo y aun ridículo que es creer en la existencia de tales bases.